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Voces diversas que reflexionan sobre el placer, la autonomía, el cuidado y la reducción de riesgos desde la calle, la academia y la experiencia vivida.
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Gonzalo Usuga
@consuma_conciencia
Una mirada desde la reducción de riesgos al consumo de tusi en Medellín.
En Medellín, el tusi ya no parece circular únicamente como una sustancia más dentro del mercado de drogas recreativas; para muchas personas se ha convertido en parte de una cultura de fiesta, socialización y diversión. Y con esa normalización también ha aparecido algo particularmente interesante: la construcción de confianza alrededor del producto.
Que si rosa, que si morado, que combinado, que sangre de alien, que este es muy mojado, que este tiene demasiada keta, que este está muy mareador… Cada consumidor parece tener una historia: “Yo tengo una plaza, un dealer, un contacto y es muy bueno”; “Ese es el que no marea”; “El mío es fino”; “Yo sé quién lo hace”; “Siempre compro en el mismo lugar”. Incluso aparecen preferencias y reputaciones sobre una determinada plaza o un determinado dealer. Y aquí aparece una paradoja que, desde la reducción de riesgos, merece toda nuestra atención: podemos conocer perfectamente a quién le compramos algo y seguir sin saber exactamente qué estamos consumiendo.
Que una plaza tenga una fórmula propia, que mantenga una clientela estable o que sea reconocida dentro de determinados círculos no convierte automáticamente su producto en uno seguro. Tampoco existe necesariamente una fórmula única y estandarizada que permita asumir que aquello que se compró la semana pasada tendrá la misma composición la próxima.
El consumidor puede reconocer el color, el olor, la textura, el sabor o incluso los efectos que suele producirle. Puede haber desarrollado una enorme familiaridad con determinada presentación, pero la familiaridad no equivale a conocimiento químico.
Y quizá allí está uno de los mayores riesgos, porque el consumidor no solamente compra una sustancia: muchas veces compra también la reputación de esa sustancia. “Es de buena calidad, es de confianza, es el mejor, no me deja mal, no me da guayabo”.
Estas afirmaciones pueden funcionar como una especie de certificado informal de seguridad construido entre consumidores. El problema es que ninguna de ellas permite saber con certeza qué contiene realmente el producto. Desde la reducción de riesgos, esto resulta fundamental. No se trata de negar que existan diferencias entre productos ni de afirmar que todas las experiencias son iguales; se trata de cuestionar una certeza que puede ser peligrosa: creer que, porque conocemos una plaza o un dealer, conocemos la sustancia.
Además, esta confianza puede hacer que el consumidor defienda su producto con una convicción casi identitaria. Ya no se trata solamente de consumir; se trata de consumir el bueno, el fino, el de la plaza que sí sabe hacerlo. Y cuando una persona construye esa relación de confianza, puede disminuir su percepción del riesgo y aumentar su disposición a repetir el consumo.
Es una paradoja: cuanto más familiar se vuelve el producto, menos peligroso puede parecernos, aunque sigamos sin conocer realmente su composición. Y allí, las lesiones graves asociadas al consumo de sustancias comercializadas como tusi deberían hacernos detener, no para señalar a quienes disfrutan esta sustancia, sino para hacer una pregunta mucho más incómoda:
¿Qué pasa cuando nuestra confianza en quien nos vende una sustancia es mayor que nuestro conocimiento sobre lo que esa sustancia contiene?
La reducción de riesgos comienza precisamente ahí: en reconocer lo que no sabemos. Porque quizá el mayor riesgo del tusi no sea solamente lo que contiene, sino cuánta confianza depositamos en un producto que consumimos.
Columna de opinión
Carlos
@consuma_conciencia
El tusi se ha coronado como la sustancia de diseño de mayor auge en la rumba paisa y, en general, en todo el país. Su nombre es una deformación del "2C-B", el compuesto original que le dio fama. Al principio, esta sustancia era esencialmente una feniletilamina psicodélica de muy difícil acceso. Generaba en el cuerpo sensaciones tan positivas y de tanta conexión que, al comenzar a popularizarse, la demanda superó la capacidad de producción y la fórmula inicial tuvo que modificarse. Para hacer un poco de memoria: cuando esta sustancia comenzó su distribución en los 80, ni siquiera se llamaba tusi; en la calle se le conocía como "Nexus".
Para entender bien esta vuelta, hay que mirar el mapa de las sustancias psicoactivas. Las feniletilaminas psicodélicas y las anfetaminas comparten una misma raíz química de diseño, pero bifurcan sus efectos de manera radical. Mientras que las anfetaminas actúan como aceleradores puros del sistema nervioso —elevando la dopamina para maximizar el estado de alerta y la euforia lineal—, las feniletilaminas psicodélicas (como el verdadero 2C-B) alteran la percepción y la conciencia al unirse a los receptores de serotonina. Ambas familias son las dos caras de una misma moneda: una orientada al rendimiento y la otra hacia la expansión de la experiencia sensorial.
Pero dejemos la química de lado un momento. Debido al proceso tan camelludo que requiere obtener la feniletilamina psicodélica real, los laboratorios clandestinos decidieron irse por lo fácil. Sustituyeron la molécula por cosas mucho más baratas. Hoy en día, la Administración de Control de Drogas advierte que ese polvo rosado rara vez tiene 2C-B; es un cóctel de ketamina, MDMA, metanfetaminas y cafeína, disfrazado con colorantes de repostería (DEA, s.f.Consultado en 2026).
Aquí es donde entra la verdadera conversación. La vuelta no es señalar, criminalizar o echarle cantaleta a quien decide consumir; el tema es que, al ser un mercado negro no regulado, el usuario no tiene ni idea de qué se está metiendo al cuerpo. Y la falta de información es lo que realmente mata.
Para que se hagan una idea de por qué hay que estar en la jugada, la Universidad CES alertó hace poco que en Medellín se están encontrando rastros de fármacos veterinarios pesadísimos en el tusi, como el levamisol y la xilazina (Universidad CES, 2026). Esto ha llevado a urgencias a pelados muy jóvenes con cuadros graves. El Colombiano (2026) documentó que algunas mezclas están causando isquemias severas que terminan en necrosis y amputaciones, además de daños irreversibles en la vejiga por el abuso de ketamina. Hasta en la Clínica Cardio VID (2026) ya hablan del síndrome de las "tusiválvulas", porque la toxicidad de estos adulterantes daña las válvulas del corazón.
Entonces, si la política es la reducción de daños, la pregunta cuando compras tusi no es si es tusi original, sino: ¿cuál de los múltiples tusi que existen es el que te vas a tomar? Como advierte el Ministerio de Justicia y del Derecho (2026), la inestabilidad de la mezcla es el mayor riesgo. Por eso, el autocuidado y aprender a "leer" el cuerpo se vuelve vital. Si decides consumir, estas son algunas prácticas de reducción de riesgos que deberías tener en el radar:
Primero, haz una dosis de prueba. Como no sabes qué te vendieron, prueba una cantidad mínima y espera al menos 40 minutos para entender por dónde va el "viaje" antes de redosificar.
Segundo, intuye el compuesto. Tienes que escuchar a tu cuerpo. Si sientes que el cuerpo te pesa, te da sueño o te desconectas de tu entorno, te tocó un tusi con perfil depresor (mucha ketamina o sedantes). Si por el contrario sientes que el corazón se te acelera, sudas y no puedes parar de moverte, tu mezcla es estimulante (cargada de anfetaminas o cafeína).
Tercero y más importante, no cruces los cables. Si ya notaste que tu tusi es depresor, cometes un error gravísimo si lo mezclas con alcohol, porque ambos apagan el sistema nervioso y el riesgo de un paro respiratorio es altísimo. Si tu tusi resultó estimulante, aléjate de las bebidas energizantes o el corazón podría colapsar.
Si la raíz de las sustancias psicodélicas buscaba la conexión y la expansión de los sentidos, ¿en qué momento permitimos que la rumba mutara hacia la destrucción de nuestro propio cuerpo? Hoy, frente a un polvo rosado del que desconocemos todo, la pregunta es simple: ¿dónde queda nuestra autonomía cuando consumimos a ciegas lo que otros diseñan para lucrarse?
Finalmente, la hidratación es clave, pero hay que saber hacerlo. Olvídate de bajar la sed a punta de trago, eso es un coctel para el desastre. Tampoco te vayas al extremo de tomar litros y litros de agua pura, porque al sudar pierdes sales y el exceso de agua te puede descompensar gravemente. Lo ideal es tener a la mano un suero (tipo Electrolit o Pedialyte) e ir dándole sorbos durante la noche. Esto te mantiene hidratado, repone los electrolitos que quemas bailando y le da un respiro al cuerpo. La clave no es vivir con miedo ni esconder el consumo bajo la alfombra, sino tener la información clara para que la fiesta no termine en una tragedia que se podía evitar.
Columna de opinión
Jander Balzán
@consuma_conciencia
Hay conversaciones que solemos evitar porque están rodeadas de prejuicios. Hablar sobre drogas es una de ellas. Con frecuencia el debate termina reducido a dos extremos: quienes condenan cualquier consumo y quienes creen que basta con decir “cada uno hace con su vida lo que quiera”. Sin embargo, entre esas dos posiciones existe un espacio mucho más útil: el de la información, el cuidado y la reducción de riesgos y daños.
En ese espacio es donde vale la pena detenernos a hablar del tusi.
En los últimos años se ha convertido en una de las sustancias más populares en fiestas, discotecas y espacios de ocio. Su color rosado, el nombre llamativo y la idea de que es una droga “premium” o “de mejor calidad” han construido una imagen que pocas veces corresponde con la realidad. Lo preocupante no es únicamente que cada vez más personas la consuman, sino que muchas lo hacen creyendo que saben qué están llevando a su cuerpo, cuando en realidad no es así.
Quizá el primer dato que deberíamos conocer es que el tusi que circula en Colombia rara vez es una sustancia única. De hecho, en la mayoría de los casos se trata de una mezcla de diferentes compuestos cuya composición cambia constantemente. Puede contener ketamina, MDMA, cafeína, benzodiacepinas, catinonas sintéticas, anestésicos locales y muchas otras sustancias, en proporciones que nadie puede garantizar.
Es decir, dos personas pueden comprar “tusi” en lugares diferentes y consumir productos completamente distintos, aunque ambos tengan el mismo color rosado. Cuando pensamos en esto, surge una pregunta sencilla pero poderosa: ¿cómo podemos medir un riesgo si ni siquiera sabemos a qué nos estamos exponiendo? Esa incertidumbre convierte al tusi en una de las sustancias más impredecibles del mercado. No porque una mezcla sea necesariamente más peligrosa que otra, sino porque quien consume pierde la posibilidad de anticipar los efectos. Lo que para una persona puede generar estimulación y euforia, para otra puede convertirse en sedación intensa, ansiedad, desorientación o una reacción inesperada que requiera atención médica.
Aquí es donde la reducción de riesgos y daños cobra verdadero sentido.
Muchas veces se piensa que hablar de reducción de riesgos significa promover el consumo, pero ocurre exactamente lo contrario. Su propósito es reconocer una realidad: las personas consumen sustancias por diferentes motivos y, mientras eso ocurra, brindar información confiable puede evitar intoxicaciones, accidentes e incluso salvar vidas.
La información nunca ha sido el problema. El problema es la desinformación.
Durante años nos enseñaron que el miedo era suficiente para prevenir el consumo. Sin embargo, basta observar nuestro entorno para entender que esa estrategia tiene límites. Las personas siguen consumiendo, pero muchas lo hacen sin herramientas para reconocer una emergencia, sin conocer los efectos de las mezclas o confiando únicamente en la palabra de quien vende la sustancia.
Y aquí es donde vale la pena ponerse modo zorro. No se trata de consumir más ni de consumir menos; se trata de ser más astutos frente a las decisiones que pueden afectar nuestra salud. Un zorro observa, cuestiona, no da nada por hecho y entiende que las apariencias pueden engañar. En el caso del tusi, ponerse modo zorro significa preguntarse qué contiene realmente esa sustancia, de dónde proviene, cuáles son sus posibles efectos y cuáles son los riesgos de combinarla con otras sustancias o con alcohol. En un mercado donde la composición cambia constantemente, la mejor herramienta sigue siendo la información. Porque confiar no es lo mismo que saber.
El color del tusi no garantiza absolutamente nada. Su olor tampoco. Su textura mucho menos. Ninguna de esas características permite identificar qué contiene realmente. Detrás del mismo tono rosado pueden esconderse combinaciones completamente diferentes.
Por eso resulta tan importante insistir en algo que parece obvio, pero que pocas veces discutimos: conocer la sustancia que estamos consumiendo también es una forma de cuidar la vida.
Cuidar la vida no siempre significa decir “no”. A veces significa detenerse a preguntar, buscar información confiable, reconocer los riesgos y tomar decisiones con mayor conciencia. Porque nadie debería poner en riesgo su salud simplemente por desconocer qué hay dentro de una sustancia.
También vale la pena preguntarnos por qué seguimos creyendo que hablar de drogas debe hacerse únicamente desde el juicio. Cuando señalamos o estigmatizamos a quien consume, muchas veces conseguimos el efecto contrario: que las personas oculten sus experiencias, no pidan ayuda cuando la necesitan o teman acudir a un servicio de salud por miedo a ser juzgadas.
Como sociedad necesitamos aprender a conversar sobre estos temas con menos miedo y más empatía. Entender que detrás de cada consumo hay una persona, una historia y un contexto distinto no significa justificarlo; significa reconocer que el cuidado siempre será más efectivo que la indiferencia.
La reducción de riesgos y daños nos invita justamente a eso: a poner la salud en el centro de la conversación. No parte de la idea de que todas las personas van a dejar de consumir porque alguien se los diga. Parte de algo mucho más humano: si una persona va a consumir, merece tener información suficiente para disminuir los riesgos y saber cuándo buscar ayuda.
Porque informar no incentiva el consumo; lo que hace es reducir la vulnerabilidad frente a un mercado donde cada vez circulan más sustancias sintéticas y mezclas de composición desconocida.
Al final, el debate sobre el tusi no debería centrarse únicamente en si está bien o mal consumirlo. Esa discusión, aunque importante, deja por fuera una realidad mucho más urgente: miles de personas están consumiendo un producto del que, en la mayoría de los casos, desconocen su contenido.
Tal vez hoy la mejor decisión sea ponerse modo zorro: desconfiar de los mitos, buscar información basada en evidencia, hablar sin prejuicios y entender que cuidar la vida también implica conocer los riesgos antes de enfrentarlos. Porque cuando se trata de nuestra salud, la astucia no está en creer que “a mí no me va a pasar”, sino en tomar decisiones con información.
si sabemos que muchas personas seguirán consumiendo sustancias, ¿no sería más responsable como sociedad enseñarles a reducir los riesgos en lugar de seguir alimentando el silencio y los prejuicios?
Columna de opinión
Rau Valencia Gil
@consuma_conciencia
Cuando la gente habla de la fiesta en Medellín y sale el tema del “tusi”, casi siempre se imagina lo mismo: muchachos descontrolados metiéndose ese polvito rosado con olor a dulce solo por moda o por aparentar. La televisión y las noticias muestran al que consume como si fuera una persona boba que no piensa, que no le importa su vida y que solo busca destruirse. Pero en la calle y en la noche la historia es otra, y hay una realidad de la que casi nadie habla.
Para empezar, hay que aclarar qué es el tusi. Mucha gente cree que es una droga pura, pero en realidad es un revoltijo o cóctel de varias sustancias. Casi nunca trae lo que promete; casi siempre es una mezcla de ketamina (un anestésico), cafeína para dar energía, pastillas para dormir y colorante de torta para que se vea bonito. Como nadie controla cómo se fabrica, cómpralo en la calle es jugar a la ruleta rusa: uno nunca sabe qué veneno o qué químico raro le metieron para rendirlo.
Pasa algo muy curioso en muchos barrios y comunas de la ciudad: las mismas “plazas” o combos que venden drogas prohíben vender tusi. No es porque a los duros del barrio les importe la salud de la gente precisamente, sino por puro control y conveniencia. Ellos saben que ese polvo revuelto pone a la gente impredecible, agresiva o desorientada, y eso calienta la cuadra, daña la convivencia y trae a la policía. Hasta el mismo negocio ilegal le pone freno porque sabe lo dañino que es ese invento.
Frente a este peligro, muchas personas que salen de rumba y deciden consumir han tomado otra decisión: hacer su propia mezcla en la casa. En vez de comprarle porquerías a un desconocido, consiguen los ingredientes por su cuenta, miden bien las cantidades y preparan algo sabiendo exactamente qué tiene. Esto no se hace por pura maña; se hace por autocuidado y supervivencia. Es la forma que la gente encontró para no dejar su salud y su mente en manos de la suerte.
Esto nos demuestra algo clave: consumir no significa que la persona no piense o no quiera cuidarse. En el parche, entre amigos, la gente se cuida: se recuerdan tomar agua, se avisan si alguien se siente mal, no se dejan solos y buscan información para no pasarse de la raya.
Lo triste es que a la gente le toque volverse "química" en la cocina de su casa porque el Estado y las autoridades solo saben regañar, castigar y asustar, en vez de educar con la verdad y enseñar cómo evitar tragedias. Prohibir y juzgar no ha hecho que la gente deje de salir de fiesta ni de experimentar; solo ha hecho que todo sea más peligroso y a escondidas.
Si el deseo de parchar y sentir cosas distintas siempre ha existido, y la misma gente que consume ya está buscando formas de cuidar su cuerpo y su vida para no morir en una noche loca: ¿por qué nos cuesta tanto sentarnos a hablar de esto sin tabúes ni insultos, y qué cree usted que debería hacer la ciudad para que cuidarnos entre todos sea más importante que juzgarnos?
Columna de opinión
Alejo M.
@consuma_conciencia
Para entrar en este texto no necesitas un manual, sino activar esa malicia política que nos permite leer entre líneas. Hablar de sustancias y de VIH suele disparar alarmas, miedos y prejuicios que llevan décadas patrullando nuestras conversaciones. Casi siempre, la charla se queda en etiquetas: "bueno" o "malo", "responsable" o "vicioso". Pero cuando nos encerramos en el juicio, dejamos de ver lo que realmente importa: la vida que palpita detrás de cada decisión.
Sociólogos como Howard Becker ya nos advertían que la "desviación" no es algo natural, sino un dedo que alguien con poder decide apuntar hacia nosotros. En Medellín, sabemos bien cómo se siente ese señalamiento. El estigma sobre el uso de sustancias o el VIH no es casualidad; es una marca que busca disciplinar nuestros cuerpos y deseos. Ponerse zorro es entender que el consumo no es solo una "voluntad individual". Nuestras trayectorias están llenas de matices: desde contextos de desigualdad y traumas, hasta la simple y legítima búsqueda de placer o alivio.
Reconocer esto no es negar que existan riesgos; es entender que la respuesta más potente no es el regaño moral, sino el cuidado, la información y el parche que acompaña sin juzgar.
Lo mismo pasa con el VIH. Susan Sontag decía que las enfermedades se cargan de metáforas que terminan pesando más que el virus mismo. Cuando interpretamos la salud como un premio a la "buena conducta" o la enfermedad como un castigo, el resultado es el estigma que Goffman describía como esa marca que te saca del juego social.
Esa exclusión no resuelve nada; al contrario, levanta muros que nos alejan de los servicios de salud y de las redes de apoyo que realmente nos mantienen vives.
Por eso, nuestra apuesta es desplazar la mirada: del juicio al cuidado. Estrategias como la reducción de daños parten de una verdad incómoda para el sistema: las personas tenemos derecho a la información y al acompañamiento, sin importar qué decidamos hacer con nuestra vida o nuestro cuerpo. Es fundamental ser claros: reconocer que el uso de drogas es una realidad en nuestras calles no es invitar a consumir; es activar una respuesta de prevención inteligente y digna frente a lo que ya existe.
La salud se construye desde el respeto a la autonomía, no desde la culpa que paraliza. Adoptar esta mirada nos permite escuchar con empatía las historias de resistencia que hay detrás de cada persona. Cuando soltamos el lente del juicio, el miedo y la culpa dejan de dictar nuestra conversación pública. Garantizar servicios libres de estigma y fortalecer nuestras comunidades no es solo una meta sanitaria; es nuestra forma de construir una Medellín más justa.
Más que corregir conductas, el desafío es acompañar realidades. Te invito a preguntarte: ¿Cómo habitamos una rumba y una ciudad donde el cuidado y la autonomía sean el centro, sin que el miedo al riesgo nos robe el respeto por el otre?
Ponte zorro. Tu autonomía es tu mayor herramienta de cuidado.
Columna de opinión
Carlos
@consuma_conciencia
Habitar es un concepto que se nos ha vuelto paisaje en el parche, en la universidad o en las charlas de pasillo. Pero definirlo es casi tan complejo como definir qué es vivir. En su sentido más básico, habitar nos lleva a "morar", a esa relación espacial que construimos tanto hacia afuera —con la familia, el centro, o los amigos— como hacia adentro, en esa conversación constante con nuestras propias facetas.
Sin embargo, como planteaba Foucault, habitar no es un acto pasivo; es la práctica de inscribir el cuerpo en un espacio que siempre es político, un territorio atravesado por diagramas de poder y normas de visibilidad. Aquí es donde la teoría se choca con la realidad de las calles de Medellín, de CDMX o de Buenos Aires. En los baños de las discotecas se susurran verdades que la academia aún no sabe nombrar: que el control no desaparece cuando se apaga la luz, sino que se transforma.
Comprendemos el habitar como esa tensión entre nuestra individualidad y la estructura. En la rumba, esa estructura se manifiesta como una exigencia constante de rendimiento. Cruzar la pista es entrar en una vitrina donde hay que verse de cierta forma y aguantar hasta el amanecer para encajar en estéticas que a veces ni nos pertenecen. Nos venden un guion de fiesta diseñado para agotarnos, donde el consumo se vuelve otra norma más de ese "código de acción" de lo permitido y lo negado.
¿Cómo nos habitamos, entonces, cuando el deseo busca la libertad pero la lógica dominante nos quiere como objetos de estudio? A menudo nos imponen etiquetas importadas para clasificar lo que hacemos en la oscuridad, ignorando que nuestra realidad histórica es otra. La sexualización de las sustancias nos ha atravesado siempre, desde la pola para romper el hielo hasta la bareta en el parche, mucho antes de que se pusiera de moda el discurso técnico.
El "parche" aparece entonces como esa posibilidad de anular las estructuras de opinión. Es en la afinidad con los otros —compartiendo género, etnia, orientación sexual y clase— donde el espacio de vigilancia cambia de foco. Allí, el habitar se vuelve una exploración del ser individual reunido en conjunto.
La verdadera apuesta por la autonomía no viene de un manual de instrucciones externo, sino de entender que habitar el cuerpo implica reconocerlo como un territorio soberano. La falta de información sobre lo que consumimos o sobre cómo gestionamos nuestro placer es, en realidad, la mayor ganancia del mercado que nos prefiere zombis.
Habitar la noche desde la sospecha es lo que permite transitar la fiesta sin que el contexto dicte la línea a seguir. Cuando decidimos cuidar nuestra salud o gestionar nuestros consumos, no lo hacemos por cumplir una norma sanitaria, sino como un acto político de reapropiación.
Al final, la consigna es clara: saber qué entra en el cuerpo porque el placer nos pertenece. Solo así la pista deja de ser un espacio de rendimiento para convertirse en un lugar donde performar nuevas realidades. La rumba se construye desde la entraña y con la mirada despierta, para que el goce no sea una forma de encajar, sino la práctica real de habitar-nos en libertad.
Columna de opinión
Gonzalo Usuga
@consuma_conciencia
Quizás uno de los grandes maestros de la vida, esos que te enseñan no con palabras sino a través de la experiencia, es el placer. Y es que si nos detenemos a pensar sobre en donde nos sentimos cómodos, a gusto, o en un lugar en el que siempre queremos habitar, seguro es uno en donde hemos gozado una experiencia asociada al bienestar, esa satisfacción y disfrute que nos proporciona algo que nos resulta agradable. Y es que si algo nos enseña el placer es a orientarnos hacia lo que percibimos como bueno para nosotros.
Y en esos términos podemos descubrirnos habitando desde el cuerpo sensaciones físicas agradables, desde la emoción con situaciones que nos hacen conectar y desde lo simbólico con todas las experiencias a las que le damos sentido, pero no hay un sentido lineal de explorar el placer, pues con la experiencia se aprende a identificar que no todo placer es igual, este puede ir desde lo inmediato y momentáneo hasta experiencias más profundas que generan sentido y conexión. Siendo estas últimas las que nos vinculan a lugares, a personas, a espacios donde podemos ser sin tabúes, donde aparecen los parches, los círculos, las pequeñas tribus de la noche o de la intimidad. Espacios donde la curiosidad y el deseo por sentir por conectar les reúnen.
Espacios profundamente humanos, lugares donde se comparte más que un momento; donde también se comparten silencios, códigos y formas de socializar de intimar a través del deseo y es que entre medio de las sustancias y el sexo también se tejen redes de cuidado, espacios en los que se puede hablar de consumo, de prácticas sexuales, de métodos de prevención, de riesgos, en donde se aprende a poner límites y conocer los propios, redes que te aconsejan que te avisan cuando el placer sigue siendo disfrute o cuando ya estás en sobrecarga, y es que quien dijo que los caminos del placer se deben transitar solo pues el placer no se cancela, se acompaña y es que gestionar nuestro deseo no se trata de ignorar los riesgos si no de enfrentarlos con información y con acciones concretas de prácticas de prevención y de cuidado pues un espacio que te acompaña que te cuida, es un espacio seguro para explorar y navegar en las formas en las que elegimos vivir nuestra sexualidad.
Habitar espacios seguros significa estar en un entorno donde el cuerpo es respetado, el deseo no es juzgado, donde se obtiene información clara. Más que un lugar físico también es una atmósfera emocional y relacional. Así como se reconoce lo que es un espacio seguro también se hace evidente cuando este deja de serlo. Así que ¡Ponte Zorro! Si sientes que la atmósfera ya no está vibrando contigo, si sientes que no conectas, si notas que alguien está mal y se le minimiza o ignora, el consentimiento se vuelve difuso reconoce el momento en el que necesitas moverte, poner un límite o pedir apoyo.
¿Cuál sería la construcción ideal de un espacio seguro e informado para gestionar tu placer entre notas sensoriales?
Columna de opinión
Jander Balzán
@consuma_conciencia
Hay códigos que no están en los libros, pero que se leen clarito en el brillo de los ojos de alguien que sabe que la rumba es su territorio. ¿Qué más, pues? Me presento como uno más que se la pasa dándole cabeza a lo que somos y cómo nos movemos en esta ciudad. Como estudiante de lo social, uno aprende que la calle enseña más que cualquier libro, y que la verdadera libertad no es solo hacer lo que a uno le dé la gana, sino saber bajo qué términos y por qué lo hace.
Hablemos de frente: hoy todo el mundo quiere decirnos cómo vivir, qué consumir y cómo sentirnos "bacanos". Nos bombardean con discursos que nos asustan o nos venden una "nota perfecta" que no existe. Ahí, en medio de ese visaje, es donde uno tiene que aprender a ponerse zorro. Ponerse zorro no es ser el más "avispa" de la cuadra; es tener esa chispa interna para que nadie —ni la moda, ni el mercado, ni la sustancia— le maneje a uno el control remoto. Es entender que, si decidís entrar en una experiencia, tenés que ser vos quien lleva la rienda. Ojo: reconocer que el uso de sustancias es una realidad en nuestras noches no es una invitación al consumo; es activar la reducción de riesgos y daños como nuestra apuesta más astuta para no regalarnos al sistema.
La autonomía es un ejercicio de soberanía personal. Un zorro sabe que el que no marca su propio paso, termina bailando al son que le toquen otros. Estar en modo zorro es tener la mirada afilada para entender que el cuidado usar PrEP, testear lo que circula, cuidarnos entre todes no es un sermón médico, sino la forma de mantener el flujo sin que el disfrute se convierta en un peso. El verdadero "Flow" es el que sabe cuidarse y cuidar a los suyos, especialmente cuando habitamos cuerpos y deseos que la sociedad a veces prefiere ignorar. Yo no estoy aquí para juzgar a nadie. Lo que me queda son preguntas para cuando baja la marea: ¿Cuántas veces has sentido que la presión del parche pudo más que tu propio deseo de ser soberane de tu rumba?
Al final, entre más compartimos lo que nos pasa en la calle, menos cuentos nos echan. Un zorro que se respete sabe que el bosque es de todos, pero el camino lo elige uno.
Ponte zorro. Que tu cuerpo sea tu territorio, y de nadie más.
Columna de opinión
Kevin
@consuma_conciencia
Durante mucho tiempo, la forma en que se ha hablado sobre drogas ha girado alrededor de una sola idea: la drogadicción. Un enfoque que suele asociar el consumo con una mirada desde la enfermedad, con pérdida de control, problemas graves y decisiones "incorrectas". Desde ahí, la prevención se ha construido con mensajes de miedo, advertencias extremas y discursos que, más que acercar, terminan alejando.
Pero la realidad es otra. Hoy, muchas personas (especialmente jóvenes) viven en contextos donde la información está a un clic, donde las experiencias son diversas y donde los discursos que suenan exagerados o moralizantes simplemente no conectan. Cuando el contenido no se siente real, se ignora.
Por eso, cada vez toma más fuerza hablar de prevención combinada y reducción de riesgos y daños. Un enfoque que no niega que el consumo existe, sino que parte de ahí para hacer algo mucho más útil: dar herramientas para cuidarse, tomar decisiones informadas y reducir posibles consecuencias negativas.
Y aquí es donde entra un punto clave: la forma en que comunicamos. Hoy el contenido necesita construirse desde la empatía, con información clara y sin juicios; Además, se debe centrar en las necesidades y realidades de las personas. Pero esto no es solo una intención bonita, implica cambiar cosas concretas.
Primero, dejar de estigmatizar. Cuando el mensaje juzga o señala, lo único que logra es que las personas se alejen. Nadie quiere escuchar algo que lo hace sentir atacado. En cambio, hablar desde el respeto y reconocer el continuo de las realidades del consumo abre la puerta a conversaciones más honestas.
Segundo, conectar desde lenguajes y formatos que sí hagan sentido. Esto significa usar lenguajes más cercanos, formatos más dinámicos y hablar desde situaciones reales. A veces es más útil explicar qué hacer para reducir riesgos en un contexto específico que repetir frases generales que no dicen mucho.
Y tercero, abrir espacios donde las personas también puedan participar y no solo recibir información. La prevención no tiene por qué ser un discurso vertical. Incluir experiencias, preguntas y voces diversas hace que el contenido sea más relevante, más creíble y más útil.
Porque sí, informar sobre mezclas riesgosas, contextos de consumo o formas de autocuidado puede ser mucho más útil que repetir mensajes genéricos que nadie siente cercanos.
Tal vez, en medio de todo esto, la invitación es más simple de lo que parece: pongámonos en modo zorro para hablar de estos temas sin tanto estigma. Es decir, ponernos modo zorro es soltar el juicio, hacer preguntas, escuchar más y construir conversaciones reales.
Al final, crear contenido sobre drogas no debería ser solo advertir, sino cuidar. Y eso implica cambiar la forma en que hablamos, pero también la forma en que escuchamos.
Porque si la prevención de verdad busca proteger la vida, entonces vale la pena preguntarnos: ¿Cómo podemos transformar la comunicación sobre el consumo para que realmente cuide, informe y conecte con las personas?
Columna de opinión
Rau Valencia Gil
@consuma_conciencia
En mi trayectoria de vivir con VIH por más de 20 años y ser usuarie de drogas, he aprendido que las cicatrices de una ciudad como Medellín no se borran con sermones, sino con verdades compartidas en la esquina. Como persona no binaria que ha transitado entre la academia y el activismo, me he dado cuenta de que nos han vendido un lenguaje de "protección" que, en el fondo, es un lenguaje de control. Nos dicen cómo debemos vivir para ser "aceptables", pero rara vez nos preguntan qué necesitamos para ser libres.
Mi paso por la educación y mi investigación sobre la cronicidad del VIH me han dado una claridad incómoda: el estigma es el virus más resistente. En los años 80, a las personas que vivíamos de cerca el VIH nos señalaron como el "error" del sistema. Hoy, ese mismo dedo acusador apunta a quienes decidimos usar sustancias. Cambiamos el nombre del "pecado", pero mantenemos la misma estructura de juicio.
Aprendimos, a punta de golpes, que la prevención del VIH solo funcionó cuando dejamos de hablarle a la gente desde el miedo y empezamos a hablarle desde la autonomía. El lenguaje centrado en las personas no es un capricho de corrección política; es una estrategia de supervivencia. Si yo te llamo "enferme" o "viciose", te estoy expulsando de la comunidad. Pero si te reconozco como un par, como alguien soberane de su cuerpo, te estoy devolviendo la herramienta más poderosa: la capacidad de decidir sobre tu propio bienestar.
Esta es la semilla de Consuma Conciencia. No estamos aquí para inventar el agua tibia, sino para aplicar lo que la historia del VIH ya nos gritó en la cara: que la prohibición solo alimenta la clandestinidad y el riesgo. Por eso, mi apuesta hoy es la del Zorro Disidente.
Ser un Zorro Disidente en esta rumba urbana significa romper el guión. Es entender que la Reducción de Riesgos y Daños no es un permiso para el exceso, sino un acto de resistencia frente a un sistema que prefiere ignorarnos. Es saber que mi derecho a la información es innegociable. En la Fundación Ancla, donde coordino procesos educativos, veo a diario cómo un dato preciso sobre una sustancia o una ruta clara de salud salva más vidas que mil campañas de "no lo hagas".
La prevención de hoy debe ser humana o no será nada. No se trata solo de entregar un kit o un folleto; se trata de validar que tu placer, tu identidad sexo-género disidente y tus decisiones son territorio sagrado. El aprendizaje del VIH nos enseñó que la salud es un derecho, no un premio a la buena conducta. Ya es hora de que apliquemos esa misma lógica a la esquina, al bar y al parche.
No quiero cerrar con una verdad absoluta, porque la calle me ha enseñado que las verdades cambian con el turno de la noche. Solo quiero dejar una semilla de duda en tu autonomía.
¿Cómo permitimos que las preocupaciones ajenas establecieran los límites de nuestra propia protección?
Columna de opinión